En 1997 Marzel se trasladó a España, donde abrió una nueva etapa vital y creativa que amplió su horizonte de trabajo sin romper la continuidad de su voz autoral. El cambio de país lo llevó a moverse en otros circuitos culturales, a reorganizar su práctica y a sostener su oficio desde una posición más independiente, entre la docencia, la escritura, el análisis dramatúrgico y la realización de obras de pequeña escala, muchas veces nacidas de recursos limitados pero de gran libertad expresiva.
Ya instalado fuera de Cuba, impartió talleres de guion cinematográfico y escribió varios guiones de largometraje, además de una novela corta publicada en Valencia. Esa faceta confirma que el exilio no significó para él un retiro creativo, sino una ampliación de sus campos de intervención: siguió pensando el cine desde la escritura, la asesoría y la exploración de nuevas formas de narración. En paralelo, su mirada se fue volviendo más íntima, más fragmentaria y más cercana al retrato personal, sin abandonar el humor, la ironía ni el juego con los bordes entre realidad y ficción.
Dentro de esa etapa sobresale Material para fanáticos (2010), documental dedicado a Santiago Feliú, una obra que muestra su capacidad para convertir la memoria afectiva en cine. También desarrolló la serie Handycam, compuesta por piezas breves de carácter documental, semianimado, ficcional o híbrido, en las que observó personas, lugares, gestos y situaciones cotidianas con una sensibilidad muy libre. En conjunto, esos trabajos revelan un autor que, lejos de apagarse, encontró en el exilio una forma distinta de persistir: menos visible, quizás, pero igual de personal, inconforme y fiel a su imaginación.