No he visto todas las películas cubanas. Supongo que un… sesenta por ciento, sí, por ahí. Mi gran laguna sobre todo es en estos últimos quince o veinte años.
Es difícil elegir sólo diez entre todas las que me han impresionado, impactado, arrobado y han quedado grabadas en mi memoria afectiva. Así que mi criba se rige, ante todo, por la honestidad, por la búsqueda de la originalidad y la libertad artística.
Desde luego, todas las que han caído en la más mínima complacencia, haya sido sincera u oportunista, están descartadas aunque tengan otros muchos valores. No están en orden de preferencia sino cronológico, aunque casualmente mi gran favorita es la primera.
– Lucía (1968, dir. Humberto Solás)
Esta hermosísima obra maestra de alta poesía y eterna frescura es, a mi juicio, la gran pirámide de nuestra civilización cinematográfica. Cada vez que recuerdo secuencias e imágenes suyas que son icónicas desde hace décadas, me erizo y se me aguan los ojos. Es la que más conmociona de todas. La bárbara. Mi gran favorita por encima de todas las demás.
– La primera carga al machete (1969, dir. Manuel Octavio Gómez)
Una de las películas más desquiciadas que he visto en la vida. Reportaje periodístico audiovisual en pleno siglo XIX. Free cinema en alto contraste para reforzar la crudeza de la carga al machete (que no es tan buena como la de Lucía, pero no importa). Pablito Milanés por ahí cantando en una especie de cine-clip. Un experimento multidiscursivo, delirante y fascinante que funcionó y emocionó al mundo.
– Los sobrevivientes (1978, dir. Tomás Gutiérrez Alea)
Genial parábola de cómo el aislamiento y el encierro conducen inexorablemente a la decadencia y la putrefacción. Una metáfora visionaria de lo que ocurriría y ocurrió. Comedia deliciosa de exquisita puesta en escena y magistrales interpretaciones. ¿Cómo fue posible que no censuraran esta película tan descarada? Pues gracias al viejo ardid de Titón de presentar a los personajes como supuestamente negativos y desdeñables para el régimen, siendo en realidad las víctimas.
– Papeles secundarios (1989, dir. Orlando Rojas)
Falsear la realidad conscientemente hacia una belleza plástica palpable, casi sólida, es la gran baza de esta película para crearnos un agradable extrañamiento brechtiano. Nos sumerge en un mundo paralelo, diríamos que ideal, donde disfrutamos de una historia paradójicamente sórdida, rebosante de bajas pasiones. Soberbio peliculón posmoderno, de mucho vuelo intelectual, que puso el listón muy alto.
– La bella del Alhambra (1989, dir. Enrique Pineda Barnet)
Ser la película más taquillera y agradecida en décadas se debió ante todo a su excelente guion y a los profesionales maravillosos que intervinieron, en un auténtico estado de gracia colectivo. Magnífica y sustanciosa revisión de los códigos del cine de varietés, donde Beatriz Valdés brilló como una verdadera diva. De las canciones, qué decir: un collar de perlas. Una experiencia absolutamente inolvidable.
– Dos Gladys para ti (1993, dir. Aarón Yelín)
Una pulcra zapatilla de ballet apunta al suelo y se hunde en el fanguero. La bailarina es la mismísima Charín (Rosario Suárez), haciendo trabajo productivo en un campo de papas junto a sus compañeras federadas, en un alegre festín de realismo socialista. Esa es la tónica de este cortometraje encantador, una comiquísima metáfora de cómo la virtud no tiene cabida en el “proceso revolucionario”. Aarón habría llegado a ser un maestro de la ironía y el sarcasmo si no se hubiese alejado del cine, asqueado de toda la inmundicia que lo rodea. Vive en Madrid.
– Molina’s Culpa (1993, dir. Jorge Molina)
Nuestro querido Molinator, como Aarón, es uno de los numerosos representantes de esa nueva generación básicamente posmoderna de los noventa, a la que pertenezco. Pero su particularidad es que va más allá al descontextualizar sus historias de la realidad cubana, del “proceso”. A Molinona Ryder no le interesa la realidad y su actitud artística es darle la espalda y mirar hacia algo que considera mucho más interesante. Eso es lo más fascinante de su personalidad, su sello. Este es un corto sórdido, bizarro y cómico. Una puta cocainómana, un curita loco, singadera, un asesinato, la culpa… Todo sostenido por un magnífico guion, en coautoría con Alan Clyde Coronel. Aquí hice la dirección de arte y los créditos. La película deja un buen sabor, es liberadora y tiene chicha.
– El sueño de Giovannita querida (1993, dir. Alejandro Normand)
Tuve la dicha de que Alejandro, condiscípulo mío en la EICTV y proveniente del mundo del teatro, fuera culto, talentoso y refinado. Su singular personalidad artística impregnó los tres cortos que hizo, a los que les dedicaba toda la minuciosa elaboración del mundo. Este, en particular, es el mejor sueño cinematográfico que he visto en mi vida, pues se aleja de los tópicos para realmente indagar en el subconsciente, representándolo de insólitas maneras. Los sueños son así, como los hizo él. Aquí interpreté a la madre de Giovannita, pero sin caracterizarme como mujer sino tal cual era yo, pues Giovannita me percibía como su madre. Interesantísima y brillante pieza de orfebrería mental basada en un sueño real de Giovanna, real también.
– Suite Habana (2003, dir. Fernando Pérez)
Uno de los más conmovedores y originales docudramas de la vida. No recuerdo cuántas historias paralelas son, todas verdaderas e interpretadas por las mismas personas anónimas. Retrato desgarrado de la tristeza y la miseria en una Habana que fenece cayéndose a pedazos. Yo estuve llorando casi desde que empezó, me quedé literalmente seco. ¿Cómo no censuraron esta película tan fuerte? Pues gracias al viejo ardid de Fernando, se dice el pecado pero no el pecador.
– Santa y Andrés (2016, dir. Carlos Lechuga)
Mi querido Lechuguita es uno de los lustrosos representantes de esta nueva generación posterior a la mía (entendiendo que es aproximadamente cada quince años). Es la generación más descreída del viejísimo y agónico embuste, la que no entiende por qué tendrían que disimular sus criterios, suavizar los contenidos o disfrazar los discursos. Se acabaron los ardides porque ahora sí se dice el pecador. Esta generación cuenta con Internet y el cine digital, las verdaderas revoluciones importantes que favorecen más libertades. A la vez, el florecimiento de las productoras independientes ha generado otra mentalidad creativa. Sólo la censura posterior puede fastidiarlos, cuando ya la película está hecha.
Esta generación se pregunta cómo se ha llegado a las ruinas en que nació, y mira al desastroso pasado buscando explicaciones. Desvelan el horror y lo sirven en bandeja como acto de justicia. Y de paso dinamitan pilares de falsas estatuas. Santa y Andrés es una de esas películas tan honestas y valientes que resultan incendiarias. Inspirada en un caso real, cuenta el viacrucis de un artista señalado por la satrapía, hasta que consigue escapar del espanto. Un argumento que en la vida real ocurrió muchas veces y ocurre. Buen guion, buenos actores, buen final. Buena película, sí señor.
No he terminado. Tengo un TRIPLE BONUS. Esta vez en orden cronológico inverso:
– Sueños al pairo (2020, dir. José Luis Aparicio & Fernando Fraguela)
Es un buen documental cuyo valor principal es el contenido: buscar una gran injusticia de un oscuro pasado cercano para airearla y desatar pasiones nacionales que permanecían dormidas. Ha sido un auténtico terremoto que ha tambaleado las famosas falsas estatuas y desenmascarado mitos éticamente dudosos. Dinamita pura, justo cuando el cisne está cantando a punto de palmarla.
– La mancebía (1988, dir. Ricardo Pérez Capetillo)
Este corto de ficción cuenta una historia de adolescencia, prostitución y amor en los tiempos de la República. Es silente con música, aunque no precisamente mudo, pues los personajes no hablan. Es bellísimo, toca el espíritu, algo tan difícil o fortuito de conseguir. Fue producido en el Cine Club Sigma que dirigía Tomás Piard.
– Todos los documentales de Nicolás Guillén Landrián
Cuando por fin los tuve, los vi todos cronológicamente y de un tirón. Por supuesto hay una evolución, pero se mantienen los mismos códigos transitando por varios temas, prácticamente dando igual los que fueran. Nicolasito, siendo consciente o no, era un genio que intuía o sabía que lo importante no es el tema sino el lenguaje, y él tenía el suyo propio. Su poética era observacional, distanciada, lejos del error, irónica, burlona. El “proceso”, supongo, le parecería un teatro ridículo y cutre del que se reía para sus adentros, demostrando una cauta sonrisa preventiva. Finalmente terminó yéndose a Miami. Quizás Nicolasito sea el más venerado de todos los cineastas cubanos, y no es de extrañar. Se trata de un mito verdadero.